El higo
Cuando era chico, viví en distintos lugares, y en todos ellos, me alegro de haber podido encontrar momentos gratos de estabilidad. Sin embargo, puedo decir que desde que tengo seis años, mi casa es esa que fue verde y hoy es amarilla. Esa que solía tener un solo piso, luego tuvo dos, mas tarde tuvo tres y hoy luce cuatro pisos, edificados bajo el estilo arquitectónico del vamosparaarribanomas. Si algo me acuerdo de mi casita verde, es que en el jardín que hasta hoy conservamos, había impuesto sus raíces, un hermoso árbol de higo, fuerte e inquieto, cuantas veces jugué a su alrededor, cuantas veces repose bajo su sombra.
Me acuerdo que los domingos me levantaba muy bien descansado a las nueve de la mañana, me acuerdo que desayunaba cosas tan ricas. Y me acuerdo que al mediodía, cuando me juntaba con los hermanos de mi mama, me trepaba al árbol de higo, y mostraba mis movimientos mas ágiles para hacerme de sus frutos. Me acuerdo que los juntábamos todos en una tazón grande, me acuerdo que la chica que nos ayudaba se encargaba de lavarlos y juntos, toda la familia, después de un almuerzo dominguero nos complacíamos con su exquisito sabor.
Creo que tenía ocho o nueve años cuando mi árbol de higo fue quitado del jardín. Hoy, ya he olvidado el sabor del higo, nunca más he vuelto a probar uno. Hoy, me sigo levantando los domingos a plan de nueve, pero ya nada pasa. Y hace un par de semanas, le pregunte al menor de los hermanos de mi mamá, el que hoy ya está en sus treintas, ¿Por qué quitaron el árbol de higo? No entiendo; el me dijo: los arboles de frutos son para los huertos, no para los jardines de tu casa. Los domingos a medio día, ya nada pasa.
No hay comentarios:
Publicar un comentario